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El goleador Falcao logró la resurrección de River con Botafogo en la Sudamericana

Por eso, cuando el bolsillo es flaco y la lluvia castiga impiadosa, se entiende cuando se juntan miles de amantes de la redonda en cualquier lugar del planeta  y esperan largas horas para llevarse una entrada. Por eso,  aunque las alegrías sean magras en la vida riverplatense, aunque las estacas al corazón del hincha sean heridas mortales. Siempre hay un aliciente, porque en el inventario del hincha de River todavía habita una pequeña luz de ilusión. Esa que encendió un burrito y un loco bajito.
Hay conciertos que tajantemente sirven para edificar idolatrías. Como este que conmovió al Monumental. Quizás  el legado del mago sabio se transfirió el benjamín aprendiz.  ¿Será una bisagra ese doble enganche del domingo 7 de octubre de 2007 para River? Dos años, ¡dos años¡  tenía Diego Buonanotte cuando Ariel Ortega llegaba a River Plate. Para el jujeño fue el superclásico número 14 de su carrera, mientras que para el juvenil se trató del debut en primera como titular.  Los 33 años de Ortega y los 19 de Buonanotte se hicieron cómplices para construir la victoria de River por 2-0 y rescatarlo de las llamas. Socios del fútbol champan en un tiempo muchas sombras para la banda roja. Para Ortega, una función más para demostrar que para su certificado de defunción futbolística todavía es algo remoto. Para Buonanotte, quizás, fue el inicio de un romance.
Las mayores virtudes del técnico Daniel Passarella fueron dos: la primera, apostar a un dos-unoen la zona de volantes. La idea era armar un 3-6-1, al sumar a Ferrari o Ponzio a la línea de Ahumada y que Ortega hiciera lo mismo para asociarse con Buonanotte. Así, sólo quedaba Falcao como referencia ofensiva. Sin embargo, River demostró que con una sola punta igual se puede ser muy agresivo.
Ferrari, Augusto Fernández, Ortega, Belluschi y Buonanotte  salieron disparados  sobre el arco de Caranta. Así lastimó River. El segundo ítem a destacar fue generar una presión que no deje respirar a los de Russo. Cada hombre azul y oro fue superado en todas las líneas. Sí sorprendió con Ponzio como lateral izquierdo, una decisión que sirvió para potenciar a Ferrari en la derecha.



Ahora hablemos de Boca. Parecía que no se le podía discutir absolutamente nada a al DT xeneize por confirmar a los mismos once que derrotaron a San Lorenzo. ¿Pero esos titulares como llegaban? Pablo Ledesma y Morel Rodríguez hace varios partidos que no están al máximo de su condición física. Neri Cardozo no levanta vuelo y Banega juega al límite en un puesto difícil. Por impericia, cedió una pelota infantil en el centro y en el regreso le cometió un foul a Ortega que le significó la primera amonestación; la segunda, por infracción grosera a Ferrari se fue expulsado y cabizbajo.
Porque la sólida tarea colectiva de River elevó a un solista con una historia singular. No hace tanto, menos de tres meses, Ortega había resuelto asumir seriamente su público problema con el alcohol. Mientras el plantel se iba de gira a Corea del Sur, el Burrito se iba hacia Chile. Y por tres semanas se internaba en la clínica de rehabilitación de adicciones Flor de Maipo, en la comuna de Buin, 30 kilómetros al sur de Santiago. Hoy se ubicó  en las tapas de los diarios. Solo por sus notables cualidades futbolísticos.
En diciembre de 1990, con 16 años, Ortega viajó en micro hasta la Capital. De la terminal de Retiro a Núñez. Le dijeron que descansara en la pensión y que al día siguiente lo iban a incluir en una prueba. Pero él contestó que si se había venido de Jujuy era para jugar y no para dormir una siesta. Entonces, lo sumaron en una práctica con la 3ra. Jugó en zapatillas; jamás se había calzado unos botines.
Ortega ya no es tan asombroso como a sus 22 años; ahora, ofrece por pasajes aquella versión endiablada, capaz de dejar desairado cuanto inglés se le cruzase en Saint Etienne en la Copa del Mundo del ’98. Sin embargo,  con Boca entregó su visión distintiva, como si su ADN futbolero aún permaneciera inquebrantable.  Una lucidez suprema para ser el jugador franquicia, ese que se sabe genio y asoma cuando las papas queman.
Vaya paradoja: la tentación del fútbol grande apareció para Ortega envasada en una camiseta azul y oro. Cuando se destacaba en las polvorientas canchas de Atlético Ledesma, en 1988, un empresario jujeño le ofreció el pase a Mauricio Macri para que después lo acercara a Boca. Pero Macri, cuyo único vínculo por entonces con el club de la Ribera era su devoción por los colores, consideró que los 10.000 dólares que le pedían eran un precio excesivo por un chico de 14 años. Al Burrito se le escaparon unas cuantas sonrisas y un suspiro aliviador. Su amor por River quedaba a salvo de cualquier traición.

SEBASTIÁN SRUR