El español Rafael Nadal compara sus músculos y bromea con el judoka Mariano Bertolotti. Ronhaldinho le pide la sal en el comedor a un voleybolista italiano. Asafa Powell e Isinbayeva, dos megaestrellas, se cruzan en los pasillos con dos atletas colombianos desconocidos. Son apenas botones de miles de anécdotas que se viven a diario en la Villa Olímpica. No importa si hablan en inglés, español, turco, japonés o italiano. Todos hablan el mismo idioma: el del deporte.

Es que Beijing 2008 cuenta con tantas aristas que no alcanzarían cien páginas para desmenuzar cada detalle de la cita olímpica. Con majestuosas ceremonias de apertura y cierre en el estadio Nido de pájaros. Con la magnífica llama encendida en el pedestal del estadio. Esa llama inmaculada que aún permanece imperturbable, aunque algunos quisieron mancharla a lo largo de la historia.

Del otro lado del mundo, literalmente y metafóricamente, está la Argentina. Cuando allá arrecia el sol, acá aparece en su esplendor la noche. Con todos sus condimentos. Así; vestidos de mameluco, eternas gotas de sudor, y un universo de dignidad; los nuestros armaron una actuación muy valedera. Cada uno con sus objetivos, algunos quedaron impactados y embriagados de emoción con el solo hecho de competir en la elite del deporte mundial, otros se arrodillaron de frustración al no cumplir sus metas, apenas un puñado de privilegiados pudieron colgarse medallas. Y si nos remitimos al puro resultadismo, la performance argentina de Beijing 2008 igualó la de Atenas 2004: dos preseas de oro y cuatro de bronce. Los albicelestes terminaron 34º en el cuadro de medallas.
La primera alegría de la delegación nacional la entregó la porteña Paula Pareto. Desde sus 150 centímetros de esperanza y 48 kilos de perseverancia, “La Peque” llegó a la medalla bronceada luego de vencer a la australiana Tiffany Day, perder con la japonesa Ryoko Tani (“la Maradona del judo”, según dijo la argentina) y ganarle a la local Shuwen Wu. Antes de la final del repechaje contra Ok Song Park también venció a la húngara Eva Csernoviczki.
Después la gesta del ciclismo. Walter Pérez pasó a ser héroe en su Villa Madero y Juan Curuchet, con 43 almanaques en su espalda y su sexto Juego Olímpico, se convirtió en prócer de Mar del Plata al lograr el oro en la prueba Madison de ciclismo. Antes del inicio de Beijing, en la página www.tycsports.com, la página del canal olímpico por excelencia en Argentina, los cibernautas les daban el 2,82% de chances a la dupla del ciclismo de alzarse con la presea más codiciada. Con apenas 300 pesos mensuales de apoyo y el auspicio del supermercado Toledo, el más importante de la Ciudad Feliz, alcanzaron la gloria. Seamos contundentes: se trata de la primera medalla dorada amateur de la Argentina tras 56 años. Los remeros Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero podrán regodearse de suficiencia: ganaron el oro en 1952.
No fue fácil la vida de Juan Curuchet, dedicada a la bicicleta tanto por amor como por necesidad. 25 años alquilando un local de bicicletería en Mar del Plata. Trabajando de peón de albañil, de carpintería, trabajó en fábrica de mosaicos...hasta que cada vez fue haciéndose amigo de la bici, hubo gente que creyó en ellos (incluye a su otro hijo Gabriel -campeón panamericano) y tuvieron algunos sponsors. El padre de Curuchet era también un singular ciclista y le transmitió a sus hijos la pasión por el deporte. Gabriel, retirado hace unos años y durante 20 compañero de dupla de Juan, fue oro en los Panamericanos de Indianápolis, y hoy dirige una federación, además de ser jefe del equipo en Beijing.

Juan Curuchet empezó a los 14 años y en el primer torneo salió campeón de pista. Hoy, Juan y su esposa ven cómo Martín, el hijo mayor del matrimonio, Martín, de 20 años, busca su futuro como futbolista en las inferiores de River Plate, en Buenos Aires, mientras que Kevin, Juan Ignacio y la pequeña Martina, de 5, revientan de orgullo en su Mar del Plata natal.
Santiago Lange y Camau Espínola confirmaron su notable nivel en la Clase Tornado de yachting al sumar otro podio, el bronce. Para Lange la segunda presea (también llegaron al tercer lugar en Atenas 2004 en la misma disciplina) y para Espínola la cuarta oportunidad consecutiva de inscribir su nombre en el selecto de grupo de medallistas. Dos de plata y dos de bronce en su impecable trayectoria olímpica.
Los hiper profesionales, sin desmerecerlos, llegaron al puerto deseado cumpliendo las expectativas previas. Comencemos por el fútbol, dirigido por Sergio “Checho” Batista. Figuras rutilantes como Lionel Messi, Kun Agüero, Juan Román Riquelme, Javier Mascherano, Fernando Gago, entre otros. Con la grata intervención de Ángel Di Maria, definiendo los cuartos de final con Holanda y marcando el gol en la final ante Nigeria. Los bicampeones olímpicos triunfaron en todos sus partidos y, sin alcanzar un nivel supremo, se bañaron de oro.

Las Leonas del hockey con una campaña espectacular, donde solo Holanda logró arruinarles el sueño máximo, se llevaron el bronce, e hicieron podio por tercera vez. Con la despedida de la capitana Magui Aicega, los goles de Carla Rebecchi, el talento intacto de Lucha Aymar y Soledad García, valores muy apreciados como Margalot, Burkart, Barrionuevo.
Y el básquet ratificó su poderío. Sin Ginóbili en los momentos decisivos, solo algunos minutos en chancha en la semifinal con Estados Unidos y mirando vestido de civil el partido por el tercer puesto con Lituania, los gladiadores del básquet nacional afilaron sus garras como si estuvieran en el Coliseo romano en vez de saberse en el Estadio de Beijing. La garra de Nocioni, la jerarquía de Scola, Delfino y Oberto. Todo colaboró para que ese grito inmortal en el podio sea una imagen que perdure.
Seamos claros, que esas alegrías, las seis medallas no nos encandilen. Sin inversión no hay ganancia. Los milagros de Pareto, de Curuchet y Walter Pérez son espejismos en un mapa deportivo desdibujado. El agua en el desierto no es habitual en Argentina. Por eso, aunque suene repetitivo y parezca que esto esté escrito en 1960 o 1988, es hora de arremangarse y armar un proyecto a largo plazo y pensar en grande. Como lo hizo España a partir de Barcelona 1992. Hagamos grande a La Argentina, no la reduzcamos a casos aislados. Ah, y ¡que asco me dio ver a la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner recibiendo con honores a “La Peque” Pareto!. ¿Porque no se acordaron antes de Pareto cuando se entrenaba en silencio y sin el más mínimo apoyo?
SEBASTIÁN SRUR |